*Meditación*
Me imagino una sala oscura o un espacio grande oscuro, y delante mío veo una puerta blanca con un pomo redondo de color dorado viejo, como si ya hubiese pasado más manos por ahí. Tal vez he sido yo sin darme cuenta. Está todo oscuro y silencioso.
Decido entrar, tengo que visitarme y saber como ayudarlo. Me he empezado a dar cuenta que me falta trabajar más en mí, pensaba que ya lo tenía todo solucionado, pero no es cierto, aún me queda.
Entro, y veo todo oscuro, y sigo caminando con mucho cuidado, no sé que me voy a encontrar.
Y ahí estás, te encontré pequeñín. Está sentado en el suelo abrazándose las piernas, haciéndose pelota, como si estuviera escondiendo. Recuerdo que yo me ponía así de pequeño, me escondía de mi padre de los chavales que se metían conmigo.
Me acerco y me pongo a su altura. No se da cuenta que estoy, o hace que no existe. Pero siento que debería de decirle algo. Le toco el hombro y le digo "Hola". Levanta la cabeza y veo que está llorando. Es precioso y lo veo muy indefenso. Lo levanto con cuidado, y el me lo permite. Lo abrazo.
No sé cuanto rato hemos estado así, pero ha estado bien.
Mientras lo abrazo, y me sigo centrando en la respiración, escucho de vez en cuando un sonido como arena caerse, o moverse tal vez. Pero eso me asusta, y me cuesta centrarme y seguir con mi pequeñín. Así que decido acabar ya.
Y ahora me pregunto, ¿Porqué estaba así? ¿Tiene miedo?

